martes, 27 de noviembre de 2007

El cuenco de Prusia


La excelencia de un gran hombre es perceptible hasta en sus más pequeños gestos y, este extracto de la historia de Prusia, cuna de algunos de los más elevados varones que la tierra ha tenido el goce de ver nacer y la amargura de sentir morir, trata precisamente de eso.

Corría el año 1718, Federico Guillermo I se hallaba reunido en Real Palacio de Kaliningrado con su homólogo Britanico, Jorge I. Después de una copiosa cena servida por hermosos efebos, mantenían una acalorada discusión en los salones de invierno en la que proclamaban la grandeza de su imperio mientras lanzaban duros improperios sobre el de su camarada real. De pronto, interrumpiendo a su amigo, Federico Guillermo hizo un gesto con la mano izquierda para pedir silencio, levantó ligeramente sus reales gluteos e introdujo entre estas y el sillón su mano derecha con la palma hacia arriba, cerrando ligeramente los dedos, a modo de cuenco. Acto seguido, emitio desde su ano una musical flatulencia, sacó su mano y la ofreció al Rey Jorge que, no queriendo ser descortés, olfateó el peculiar presente de nuestro monarca sin poder reprimir, eso si, un gesto de ligera repugnancia en su rostro. Después de esto, Federico Guillermo repitio la acción pero siendo esta vez él, el comensal de tan curioso cuenco. Exhaló profundamente quedando casi embriagado por el aroma que el mismo había creado.

-¿Qué pretende con todo esto?- exclamo un atónito Rey Jorge
-Con esto mi querido amigo-replico seductoramente Federico Guillermo- pretendó demostrar una máxima que no es otro que la equivalencia entre un Imperio y un insano gas anal .-los exquisitos modales ingleses del monarca britanico le permitieron disimular su encendido estupor- El de los otros repugna, resulta tremendamente vulgar y de mal gusto, pero el de uno mismo ¡El de uno mismo parece tan delicado que no podemos retener a veces la tentación de olfatearlo furtivamente bajo las sabanas! Y no dejamos de preguntarnos porque no es del agrado y disfrute de los demás.


Cuentan que Jorge I jamás hizo una reverencia tan sincera como la de aquella tarde y que, a partir de ese momento, nunca volvio a discutir la grandeza de nuestra Madre Prusia.

1 comentario:

Bob Geldof dijo...

Tan exquisita era la filosofia del emperador prusiano que no hay cuenco digno de ella