Cierto día el Rabino Josuéh se preguntaba sobre cuál era el imperio que mayor gloria había dado a la raza humana. El obispo de Canterbury, que pasaba por allí y era famoso por sus poderes telepáticos, respondió al rabino con la normalidad de una persona que puede leer la mente de sus congéneres: "la inglesa sin duda", dijo para sorpresa del buen judío.
Como Josuéh aún andaba con la boca abierta, el obispo continuó: "los ingleses hemos descubierto el mayor arma bélica de la historia, el miedo a la muerte".
El Rabino perplejo ante la lógica aplastante de el obeso anglicano, decidió mover ficha en favor de la religión a la que servía: "desde los púlpitos predicais el mensaje contrario monseñor, ¿no es esto una mala interpretación por tanto de la biblia a la que vos llamais despectivamente el antiguo testamento?".
"Evidentemente siempre que el enemigo sea un infiel rabí, alguien que no comulga con los dictados de Dios", dijo mientras orinaba en plena calle.
Sacudióse la pita el orondo ministro, cuando llegó Jesús de Nazaret, en su tercera venida, y encontrandole con la herramienta en la mano dijo secamente: "¿Hacia dónde se va a Galilea?".
En ese momento el rabino y el obispo de Canterbury se sintieron ultrajados, pues el propio Cristo pasaba de largo ante dos personas que se dedicaban a estudiar su vida, y al fin descubrieron que sus testamentos eran simples novelas, llenas de guerra y fantasía. Fue el golpe más duro de sus vidas.
Cristo III siguió su camino a Galilea, años más tarde sería crucificado de nuevo (esta vez con erótico resultado), tuvo sus quince minutos de fama, no fue como antaño;
A día de hoy el obispo de Canterbury regenta uno de los mayores burdeles del Soho londinense, sigue pensando que los ingleses son la ostia, a veces se le ha visto armando jaleo con nocturnidad y alevosia, vistiendo además sus antiguos hábitos.
Josuéh abandonó el judaismo y acabó sus días en una sórdida taberna de Estambul, según testigos sus últimas palabras fueron "sólo cuando uno vive se le tiene miedo a la muerte".
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1 comentario:
El Velero obra maravillas en vuestra prosa. Altisimo caliche.
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